lunes, 21 de julio de 2014

La invasión de los selfies

Raro, rarísimo el día que al abrir cualquier red social uno no se encuentra con esas fotografías que la gente se hace a sí misma, mostrando parte del brazo con el que se sujeta la cámara, o posando delante de un espejo. Poses y más poses, lenguas fuera, perfiles, muecas y caras de vinagre, con el pelo así, con el pelo asá, con la chaqueta, sin la chaqueta, con los zapatos, sin los zapatos, con dos colegas, sin los colegas, con la ropa de hoy, con la ropa de mañana, en la habitación, en el cuarto de baño, de camino a clase, de camino a casa… Una tras otra van apareciendo auto-fotografías propias del mismísimo Narciso de la mitología griega, enamorado de su propia imagen.

Tal ha sido el auge de los selfies, que el Diccionario Oxford eligió “selfie” en 2013 como Palabra del Año, al aumentar su uso un 17.000 %. Está presente sobre todo entre la gente joven (la edad media, según un estudio conjunto de varias universidades estadounidenses y expertos alemanes, es de 23 años, realizándose este estudio en Bangkok, Moscú, Berlín, Nueva York y Sao Paulo) y dentro de ésta, entre las chicas en mayor medida que entre los chicos.

¿Qué explicación se puede dar a este fenómeno? Parece claro que estamos ante conductas narcisistas propias de la edad y la necesidad constante de exponerse a la aceptación de los demás, sobre todo del grupo de iguales (personas de la misma edad, compañeros de colegio, amistades, círculos cercanos, etc.). Con estas actitudes se pone de manifiesto una llamada de atención con vistas a aumentar la autoestima, presumir de algún momento que se está viviendo o dirigir un mensaje a alguien en particular. En cualquier caso el placer de publicar un selfie es efímero y puede llevar consigo algunas complicaciones, porque cuando se publica una foto esperando la aprobación de tus amigos, pendiente de quienes la miran, quién pincha en “me gusta”, cuántos “me gusta” llevas acumulados… se corre el riesgo de si en determinado momento no se cumplen las expectativas generadas con la foto, aparezca un problema de falta de autoestima y confianza, además de la adicción a este círculo que se suele generar.


Parece no obstante que con los selfies se produce el llamado efecto Simmel: cuando las ideas y modas de las élites son adoptadas por las clases inferiores, dichas élites abandonan esas ideas y modas. Cuando la población en general adopta un símbolo de estatus, dicho símbolo, al generalizarse, deja de ser un símbolo de estatus por lo que tiende a morir. Se presume por tanto que dada su extensión, el fenómeno de desprestigio de los selfies está a la vuelta de la esquina, teniendo los días contados.¡Ojalá!.



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