sábado, 12 de julio de 2014

Orgullo

Cada año, los colectivos LGBT celebran de forma pública una serie de eventos en pro de la tolerancia y la igualdad de homosexuales, lesbianas, bisexuales y transexuales: una marcha por las calles de la ciudad, la lectura de un pregón, conciertos, teatro y actividades varias como la gala de elección del Mister Gay del año o una carrera de tacones. Gracias al eco mediático, el denominado “Día del Orgullo” es conocido por la mayoría de la sociedad, aunque casi nadie sabe que el origen de esta marcha se remonta a 1969, cuando se producen en un barrio de Nueva York una serie de manifestaciones espontáneas y violentas contra una redada policial en el pub Stonewall Inn, fruto del hartazgo de la comunidad homosexual de verse perseguida por el sistema con el visto bueno del gobierno.

El movimiento LGBT lleva desde finales del s. XIX buscando la normalización y aceptación social de todos ellos así como su equiparación en derechos con los heterosexuales y gracias a su esfuerzo se ha conseguido dar luz a una realidad social que muchos no querían aceptar sino ocultar. Los logros de este movimiento pasan por despenalizar la homosexualidad en gran cantidad de países (Europa y casi toda América), conseguir el reconocimiento de las uniones civiles y el matrimonio entre personas del mismo sexo, lo que implica tener acceso a derechos hasta entonces no reconocidos (herencia, coberturas sociales o beneficios fiscales), luchar contra las leyes que impiden la adopción y contra el estigma  y la discriminación añadida que la comunidad homosexual arrastró durante décadas tras la aparición del SIDA, culpándose a este colectivo de su extensión y considerándolo por parte de algunos como un castigo divino.

Y es que no fue hasta 1990 cuando la Organización Mundial de la Salud retiró la homosexualidad de la clasificación internacional de enfermedades y otros problemas de salud. Hasta entonces (y aún después), el ser homosexual era sinónimo de vicioso, enfermo, desviado o anormal. De hecho muchos fueron víctimas de terapias lesivas de reorientación sexual.

Pero aún queda mucho camino por andar: existen multitud de países donde la pena por ser homosexual pasa por el castigo físico, la cárcel o incluso la muerte, aunque no hay que irse tan lejos para darse cuenta de que hoy en día, a pesar de todo, un gay, lesbiana, transexual o bisexual sigue encontrándose ante los dilemas de siempre: el aceptarse a sí mismo, el qué dirán los demás, el miedo al rechazo, al insulto, la baja autoestima, la inseguridad, el acoso y la violencia cotidiana en el ámbito escolar o incluso familiar, la depresión y el suicidio.


Es por ello que el Día del Orgullo no debe reducirse a una fiesta consumista y llena de estereotipos más propia del Carnaval, que poco o nada aporta a normalizar la situación del colectivo en la sociedad. Porque muchos se han quedado en el camino en esta lucha para hacer de todo ello una fiesta frívola y vacía de contenido, en la que parte del colectivo no se siente identificado.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Buen artículo. La verdad es que es difícil posicionarse sobre si el día del orgullo debe celebrarse o no, y más aún si la forma en que se está celebrando es la correcta o no. Lo que sí es cierto, como bien dices en el artículo, es que aún a día de hoy hay mucha gente sufriendo diferentes clases de violencia por sentir lo que sienten y ante eso no vale con mirar para otro lado y pensar que la homofobia era un problema del siglo pasado.