martes, 18 de julio de 2017

Gran Poder. La Polémica.

Organizar unas fiestas populares conlleva un sacrificio personal importante, porque es una tarea que requiere mucho tiempo e incluso dinero. La Comisión de fiestas del Gran Poder de Dios, llevaba meses preparando las fiestas de la Villa de San Andrés, recaudando fondos pasando casa por casa, comercio por comercio. Caminaron las calles de Los Sauces, San Andrés, Las Lomadas, Los Galguitos, La Galga, Cabezadas....

El programa de actos de este año fue bastante amplio, con actos infantiles (hinchables, curso de baile), espectáculos de humor, música de orquesta, folclore canario, música comercial (del kiosco), eventos deportivos (fútbol y baloncesto), la presentación de un libro y los actos religiosos de rigor: misas cantadas y procesión con bandas de música. No está nada mal, para un lugar con 248 habitantes. (INE 2016).

Tiene mérito organizar en un lugar así y con suficiente antelación, un programa como este, en un rincón tan pequeño. Más mérito  y responsabilidad tiene el hecho de llegar a buen puerto cuando la mayoría de la gente  no se implica en las fiestas (algo absolutamente respetable), pero no contentos con ello, se dedican a desprestigiar, menospreciar o criticar de forma destructiva todos y cada uno de los actos o logros conseguidos por la Comisión de Fiestas. 

No es fácil salir desde febrero casa por casa, comercio a comercio, pidiendo dinero para hacer las fiestas, cuando se llega de trabajar toda la mañana y lo que apetece es dedicar tu tiempo libre a otra cosa, por no hablar del extenso plan de actuación que hay que presentar al Ayuntamiento. Tampoco es sencillo lidiar contra críticas gratuitas que persiguen, simplemente, hundir al que sobresale. Criticar es fácil y sale gratis; arrimar el hombro ya cuesta más.

Y digo esto porque un acto puede gustar más o menos, una fiesta se puede organizar mejor o peor y seguramente cada año salen cosas bien, cosas regular y alguna puede salir mal. Se toma nota y se mejora para el año siguiente. Pero es inconcebible que en vez de comentar las cosas, proponer cambios o dar consejos, se vaya a la yugular de quienes han dedicado tanto esfuerzo, tiempo, sudor y lágrimas en hacer una fiesta que al final disfrutamos todos. 

Nadie tiene la culpa de que algún acto quede deslucido porque de pronto se ponga a llover en pleno mes de julio. Tampoco se podía prever que el día de la tira de fuegos artificiales, éstos se prohibieran por una alerta de altas temperaturas decretada en la isla. No es justo que se recupere una Loa antigua y se ataque a quienes la han recuperado del olvido, porque no les gusta que los músicos que la hayan tocado sean de fuera del pueblo, no sea que la vayan a copiar y cantar en otro lado. ¿Estamos locos? ¿Es preferible perder definitivamente el patrimonio cultural que tenemos antes de recuperarlo sea por medio de las manos que sean?  Para los que piensan que por tener la partitura de la Loa implica que la vayan a plagiar, ¿no saben que simplemente con verla y escucharla por internet la pueden reproducir en otra parte? Y si así fuere, ¿cuál es el problema? ¿En pleno siglo XXI se pretende poner puertas al campo?

Contrasta tanta crítica interna con la opinión de quienes nos visitan. Todos y cada uno de los artistas, grupos, párrocos, músicos y técnicos de sonido invitados a las fiestas, se deshacen en elogios por la belleza de la Villa y por el trato recibido. Pero nosotros, los que vivimos aquí a diario, preferimos recordar las glorias del pasado, lo que San Andrés fue, lo que llegó a ser: el título de Villa en el s. XVI; que las familias nobles vivían aquí; que era el único lugar de la isla junto a la capital en tener escribanos públicos, que si el comercio de caña de azúcar y vino por mar; que existía un convento franciscano; que hubo una banda de música; que el coro parroquial era llamado a cantar en todas las fiestas (San Pedro en Las Lomadas, San Juan en Los Galguitos, Nuestra Señora de Montserrat en Los Sauces, Barlovento, La Cadena, Gallegos...). 

La crítica destructiva, la división, el conflicto gratuito, las zancadillas, los dimes y diretes, la envidia y las puñaladas por la espalda han contribuido al declive y deterioro de la cultura de una Villa que ya cuenta con la friolera de 17 casas vacías y apenas 248 habitantes. Milagrosamente aún se conservan algunos tesoros, como el Corpus Christi y la Nochebuena (Belén viviente). De los que quedan, que cada vez son menos, depende que el pueblo resurja o muera definitivamente. Pero desde luego que la crítica feroz y salvaje a la que se ha sometido a la Comisión de Fiestas del Gran Poder, no es la mejor manera de salir adelante. 

Felicidades a la Comisión, con Samuel a la cabeza. 


1 comentario:

Anónimo dijo...

Te doy la razón. Las nuevas generaciones vienen con las mismas "costumbres". No cambia la cosa.